|
| LEYENDAS |
LA MORA DE LOS CÓTAROS
PETRÓGLIFO DE LOS CÓTAROS
Íbamos por el camino de Mer a los Cótaros en contenta charla. La broza lo había invadido parcialmente y amenazaba con cerrarlo, como ya lo están muchos en la parroquia. La una orilla, sobre una piedra, la camisa de una cobra revivía en el maxín ancestrais temores surgidos del inconsciente colectivo de nuestra especie. El Gonzalo del Cuñas, retranqueiro y falador, la pilló con la punta del bastón, casi con indiferencia, y dijo:
— Que buen caldo para una recén parida daba la dama.
Seguimos hablando de brevaxes y platos deliciosos, como unos fritos de lagarto arnal con su jugo, o estufado de gato de aquella época heroica de la posguerra, y las diferencias de sus costillas con las de conejo: redondas unas, planas las otras.
— También el unto de cobra y bueno remedio para la reuma, a más de poderle comer la carne—, aseguró. .
Estas y otras exquisiteces gastronómicas nos llevaron al pie de un castaño, de esos que enseñan impúdicamente su vientre centenario roído polos dientes del tiempo, devastador incansable de cerne y nobleza. Allí estaba orgulloso prometiendo una buena castañeira para el otoño.
— A la izquierda —dijo el Gonzalo, señalando con el fouciño a un campo lleno de fentos debajo del camino?, fue donde la mora cogió la peña que vamos ver a la devesa de la Purita del Gorrión
— ¿Como? —pregunté incrédulo.
— Eí hay una fuente —aclaró—, hoy tapada por la maleza? todavía se ve la humedad. La mora tentaba coger agua, pero le estorbaba una piedra grande; la arrancó, la puso en cabeza y la @acarrear para donde está ahora.
— ¡Arre carajo! —exclamé.
— Por el camino —prosiguió— encontró la un pequeño y le dio carbones que luego al llegar a la casa se volvieron oro... Esto me lo contó el abuelo del Camilo de Froxán.
Miré para el castaño como aguardando algún comentario; más sólo alcancé a ver un ligero estremecemento de hojas. Hablando de la propiedad de la fuente (del Rolintes, al parecer), dejamos el camino ya la duras penas transitable, y torcemos a la izquierda en la búsqueda de la piedra de los Toxaes. Andamos entre castaños, robles, tojos, silvas, xestas, codesos y algún pino, bajo lo cual las piñas, roídas por los esquíos, semellaban obras de arte desperdigadas ponerlo suelo. Después de alguna vacilación en aquella densa gamalleira, lo sentí hablar de nuevo, con voz entrecortada polo esfuerzo.
— He ahí donde vino a posar la mora la peña —dijo señalándolo.
Sien duda, pensé yo al verlo, la mora poseía poder sobrenaturais para cargar con semejante mole.
Me contó aquel entrañable personaje de cuerpo enxuto y pelo cano, que los niños de su tiempo gastaron muchos pantalones jugando a resbalar por la piedra abajo; y también que era un lugar de encuentros amorosos; me enseñó las marcas de los canteros en el intento de fendela (bien pudo ser arrancado de aquí el petroglifo de Forxán).
A mediados de los años cuarenta te dices siglo, Manuel Vázquez Seijas se acercó incluso el lugar y dio cuenta, en el "Boletín de la Comisión Provincial de los Monumentos de Lugo", de los petroglifos encontrados (sucos,coviñas,círculos concéntricos); mensajes aun indescifrados que esconden las manías de una época en la que el hombre leía en las estrellas y escribía en las piedras.
Después de sacarle una foto al Gonzalo detrás de la piedra, invadidos por el inefable sentimiento de misterio y la magia del lugar; después de unxirnos de la mística de los enigmas, transmitidos de boca a boca a través de los milenios; de escuchar, sin palabras, la poesía de la imaginación, voltamos, sobre nuestros pasos hasta Mer. Cuando vi de nuevo la camisa de la serpiente, ahora sobre la pared, se me recordó la mora de la tapada del Almestro de Sober al Véselo, y pensé que bien podía andar por aquí también.
*Gonzalo do Cuñas de Mer--- Proendos---30-VIII-1996.

|
|
|
|
|