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| LEYENDAS |
RODRIGO DE CANABAL
Era de aquellas cuando estaba vixente el llamado ?derecho de pernada?. El Pueblo llano lo asumía a regañadentes, como aceptada era la condición de cada quien en la sociedad: algo inmutable saido de la voluntad de Dios. No era iste privilegio una ley escrita, nen siquiera una norma consetudinaria reconocida que permitía a los señores feudais acostarse con la novia la misma noche de bodas, mas algunos nobles reclamábanna para sí en muchas ocasiones.
Rodrigo gobernaba por aquellas el pazo de Camporrairo, una pétrea construcción con un inmenso jardín a orilla del Cabe, del que gustaba disfrutar como lo hacía aquella hermosa mañana de primavera. No lejos, en la iglesia parroquial, en otro tiempo perteneciente a bailía templaria de Canabal, casaban dos mozos del lugar rodeados polos suyos. Casarse por amor, a veces, no era donado, pero ellos habían conseguido, no sin ciertas trabas, llevarlo adelante; y las estreiteces de la vida campesina, último eslabón que todos los demáis exprimían, se veía docificada con una buena compañía con la que aguantar los trafegos de la existencia, en la que no faltaban, a pesar de todo, la alegría y la felicidad, a pesar de que algunos sólo la habían centrado en un al otro lado novio del que nadie había dado cuenta.
Ya estaban los novios en la casa, cuando llegó un criado de Rodrigo.
-Dí el conde que esta noche lo vengas a poner pazo-le dijo a la chavala con un tono autoritario.
El mundo se votó entonces arriba de los novios. Ya no podrían pasar aquella noche juntos y llevarían consigo, para siempre jamás, la daña de la injusticia royendo en el corazón. Pero, ¿q ue hacer? No ir era pecado, esí lo quería Dios, repetía la chavala. Más el novio no estaba desposto a dejarla marchar, aquelo era un abuso, y por muy conde que había sido eso sobrepasaba sus derechos. No iría, ¡no y no! Ella insistía que no podía ser, que era pecado no acudir la llamada del conde, que había mirado las consecuencias, que sí mira que los señores te son vingativos, decía la chavala envuelta en lágrimas. Pero el animado chaval no cedía.
Cuando ya era hora de marchar le dijo la novia:
-¡No te preocupes que esto arreglo yo!
Era bien noche cierra cuando la chavala, con su mejores ropas, golpeó en la puerta del pazo. Ya estaba el conde aguardando en la alcoba, iluminada por la luz morteciña y tarabela de una vela. La mandó desnudarse y, esí lo fue haciendo, despaciño, en el rincón más oscuro de la estancia. Tan tímida y candorosa le parecía, que encendía ainda más su pasión. Desexoso, acercóuse para ayudarla cuando, de pronto, la chavala, incluso de ahora recatada, con un movimiento rápido, sacó un látigo de entre las ropas y diulle con él el conde con tanta fuerza que el esbarrigou en el suelo.
-No era quien tí pensabas-le dijo, poniéndose a caballo de él con las manos apretando las gargantas del conde. No dés la alarma sino te mato eiquí incluso. Perdooche la vida se me prometes no volver a abusar esí de ninguna novia.
Se lo prometió Rodrigo y se marchó el xoven, disfrazado de mujer, pasando delante de la mirada burleira de los guardias sin que nadie se había dado cuenta del engaño.
Dicen que tan avergonzado quedó Rodrigo y tan impresionado por la valentía y el amor del novio, que, contra lo que suene suceder, cumpliu la palabra, no volviendo nunca a reclamar lo ?derecho de pernada?. Y dicen que aquelo quedó en secreto. Sólo los hijos de aquellos jueves recén casados recogieron la história y la fueron transmitiendo de generación en generación sus descendentes, algunos de los cuales, ainda hoy, viven en Canabal.
*Carme del Vidal de Camporrairo--- Canaval--- 17-X-2006.

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